Punto de inflexión
––––19 de abril, 846.
Eran las cinco de la tarde y llovía con bastante fuerza en Trost. Cassandra se encontraba sentada en la sala cubierta con una manta mientras leía un libro de anatomía. Podía escuchar el agua comenzando a hervir en la cocina, las manecillas del reloj, las gotas en la ventana y el vacío de su hogar. Su mente vagaba entre inserciones musculares y el recuerdo de la risa de su hermano o las palabras de su padre al regalarle aquél libro. Alejando aquellos recuerdos de su mente estaba por levantarse para ir a preparar su té cuando escuchó a su madre bajar por las escaleras hacia la cocina así que se dedicó a verla en silencio con el libro reposando en su regazo.
Ante ella estaba una mujer de cabellos rubios despeinados y ojos como los suyos que habían perdido el brillo. Se notaba cansada incluso en su caminar, pesado y pausado. En ella no quedaba rastro de la mujer fuerte y risueña que la había criado, aquella que le leía poesía o le cantaba por las tardes. Solo quedó un corazón roto lleno de rencor que lloraba a escondidas en los rincones de esa casa desde hacía casi un año; y, para ese punto llevaba meses sin dirigirle la palabra así que vivía con un fantasma que no le permitía sanar la pérdida de su familia. Estaba por retomar su lectura en un intento de distraerse de la nostalgia que sentía al tenerle cerca cuando escuchó su voz.
––Rems, cariño, ven por un té.
Sintió su estómago hacerse pequeño ante esas palabras, no le había llamado de esa forma en tanto tiempo que por un momento se preguntó si ella misma se estaría volviendo loca también, pero la canción que tarareaba su madre le confirmó que aquello era real. Torpemente se levantó del sillón caminando a paso lento hacia la cocina mientras sostenía sus propias manos en un intento de calmar el temblor que le invadía. Temerosa tomó asiento en su lugar de siempre viendo como por un momento parecía haber recuperado un cachito de felicidad, extrañamente esa mujer no parecía ser la misma que había bajado las escaleras.
––Bebe con cuidado, está caliente.
Escuchó nuevamente aquél tono tranquilo que ya había olvidado salir de los labios ajenos. Con un asentimiento tomó la taza entre sus dos manos para sentir su calidez como solía hacer desde chica, sin despegar su mirada de Shaida. Pudo ver en ella un vestigio de lo que era antes de perder a su esposo y su hijo y la azabache no sabía cómo sentirse con aquello; pero, cualquier ilusión de estar recuperando a su madre se esfumó cuando ésta tomó asiento frente a ella luego de servir dos tazas más. Quiso preguntar el porqué de estas cuando quedó helada ante sus palabras.
––¿Crees que Trevor y tu padre tarden en llegar? ––Cass tragó en seco.
––Ellos… no vendrán.
––No digas tonterías, aun con esta lluvia ellos vendrán.
Las lágrimas que se acumulaban en sus ojos amenazaban con salir, parecía haber olvidado que habían muerto, aquella ventana al pasado solo era una distorsión creada por la mente rota de su madre. Mordiendo su labio con fuerza se planteó por un momento seguirle la corriente, quería aferrarse a ella aunque fuese una mentira. Negó ligeramente tragando el nudo en su garganta sintiendo como le desgarraba un poco más el alma. Estiró su brazo para poner su mano sobre aquella fría mano ligeramente arrugada con rastro evidente de años de trabajo en casa.
––Mami, no… ellos no vendrán. Ellos murieron hace casi un año a manos de titanes.
Decirlo nuevamente en voz alta dolió, aunque dolió más ver el rostro frente a ella apagarse nuevamente mientras que alejaba su pequeña mano con un manotazo. Resignada nuevamente tomó su taza con ambas manos dejando correr esas lágrimas que comenzaban a quemar sus mejillas. Pudo ver como recordaba todo de golpe cuando se tomó la cabeza negando con desesperación. Sentía la necesidad de abrazarla y consolarla pero después de tantos intentos sabía que era inútil querer acercarse. Nuevamente era aquél fantasma, solo que esta vez se veía más enojada que perdida y sus palabras lo confirmaban.
––Esos malditos demonios.
––¿Q-qué?
––Por su culpa perdí a mi bebé, Trevor, mi guerrero.
––Sabes que él no quería pelear para Marley, y tampoco yo. En realidad qué bueno que te dignaste a hablar, quería decirte que me iré, me voy a enlistar al ciclo de entrenamiento.
Dijo sin más, liberando un peso con el que cargaba hacía años. La mirada de odio en aquella mujer frente a ella le hizo sentir que en definitiva acababa de perderlo todo, se encontraba sola en el mundo a partir de ese momento. Aceptar que pelearía con Paradise era renegar de todo aquello que Shaida le había enseñado desde niña, era renunciar a la posibilidad de algún día salir de la isla y vivir más allá del mar en Marley, con aquella idea de falsa libertad que su madre le había intentado vender desde que tenía memoria. Eso era aceptar que no odiaba a la gente con la que había crecido, era confirmar que su padre les había convencido de hacer lo impensable, era renunciar a sus raíces.
––Tienes que destruir a estos demonios, ellos no tendrán piedad contigo cuando sepan tú origen. Ve cómo terminó tu hermano al romantizar la idea de ellos. Dio su vida por esta gente y no le valió para nada.
––Él al menos lo intentó, y ¿De quién fue la culpa? sabemos perfectamente que los titanes responsables de su muerte fueron enviados por Marley. Sus grandiosos guerreros.
Soltó con rabia mientras le veía desafiante y para su sorpresa una amarga carcajada fue lo que obtuvo como respuesta. Frunció el ceño observándola mientras trataba de entender de qué se reía y un miedo situado en el fondo de su mente desde que tenía memoria se abría paso hasta invadir cada fibra de su cuerpo. Le vió levantarse y darle la espalda mientras negaba ––Supongo que esta misión imposible al final si fue un fracaso–– logró escuchar antes de tener que levantarse de su silla rápidamente para alejarse de ella. Tenía un cuchillo entre sus manos y sangre corriendo por sus brazos. Antes de que Cass pudiera procesar lo que sucedía tuvo que correr al comedor pues se abalanzó contra ella en un intento de apuñalarla.
En la idea distorsionada de aquella infiltrada de Marley la misión había sido un fracaso y debía eliminar los cabos sueltos, su hija siendo uno de estos. Sabía demasiado sobre lo que se encontraba más allá del mar y podía ser un riesgo a futuro. Entre el forcejeo la sala se fue llenando de sangre y objetos rotos, sueños rotos, vidas rotas. Cassandra podía sentir una punzada en el pecho que le robaba el aire, las lágrimas no dejaban de salir y en ese momento odiaba con todo su ser a los titanes, a Ymir, las murallas, la guerra, la imposibilidad de ser feliz en un mundo tan corrompido por el poder y las mentiras. Se encontraba maldiciendo cuando pudo sentir el cuchillo por fin encontrando destino, abriendo camino entre la piel de un abdomen que no le pertenecía. Sintió como todo a su alrededor se paraba y no pudo prever el golpe que Shaida le propinó con su último aliento haciéndola caer de espaldas contra la chimenea, con un golpe en la cabeza que la dejó inconsciente, lo último que vió antes de cerrar los ojos fue una polilla blanca tratando de volar con las alas llenas de sangre mientras escuchaba a su madre susurrar el nombre de su padre.
Nueve de la noche, podía escuchar un zumbido en sus oídos, las manecillas del reloj, las gotas en la ventana y el vacío de su hogar. Parpadeando pesadamente logró abrir los ojos sin entender dónde se encontraba, su mente estaba en blanco hasta que recordó la polilla en la sangre. Se incorporó de golpe sintiendo una fuerte punzada en su nuca, por inercia se llevó la mano a la zona afectada mientras se levantaba a tropezones. Con apenas la luz que entraba por la ventana gracias a la luna se dirigió a tientas al borde de la chimenea donde recordaba que había una vela y con las manos temblorosas la logró prender encontrándose con su reflejo en el espejo frente a ella. No reconocía a la chica que veía, llena de sangre, con el cabello revuelto y la mirada perdida.
Después de un par de respiraciones se atrevió a girar la vista, encontrándose con el lugar destruído y el cuerpo sin vida de su madre. En ese momento recordó el forcejeo; pero, su mente en un intento de protegerla bloqueó ciertos recuerdos así que ahora Cassandra Moore no sabía que sus padres venían de Marley, ni siquiera recordaba la existencia de ese lugar. Lo único que tenía dentro era el odio a los titanes por haberle arrebatado a su familia y la idea de que su madre se había quitado la vida por la tristeza mientras que ella había intentado salvarla. Ni siquiera recordaba que intentó matarla o que había sido ella quien enterró el cuchillo en el abdomen ajeno. Con la mente y el corazón hechos pedazos salió de ahí al único lugar que consideraba seguro con la única persona que le quedaba en el mundo, Erwin Smith.
––––20 de abril, 846.
Cinco de la mañana en alguna habitación en el cuartel de la legión, arrastrando los pies con el cansancio acumulado de las últimas doce horas y el peso de sus recuerdos se dirigió hacia la fría y solitaria cama que se encontraba frente a ella. Agradeciendo que la hubiesen dejado a solas y con el día libre se recostó en una esquina mientras se abrazaba a la chaqueta de su hermano. Se sentía adormecida tanto emocional como físicamente, el dolor en su interior parecía solo un zumbido que se había instalado en ella indefinidamente. Se permitió dormir dejando todo atrás y al cerrar sus ojos una lágrima silenciosa recorrió su mejilla mientras susurró antes de perderse en un sueño vacío.
––Feliz cumpleaños 19, Remi.
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